El Tigre es un distrito en la zona norte de Buenos Aires surcado por canales del Delta del río Paraná, el cual desemboca en el río de La Plata. Cuando yo era chica solíamos ir con mi padre a navegar en alguna de las lanchas que supo tener a lo largo de su vida y que disfrutaba a más no poder. Llegaban los días lindos y el programa era ese. En aquella época había que ir y volver en el día. A nadie se le ocurría la posibilidad de quedarse un fin de semana, salvo que tuviera alguna casa en una isla. Y no era lo más común. Ahora las cosas cambiaron. Existen un montón de alternativas para sucumbir a la tentación de quedarse más de un día. Entre ellas, una casa de lo más insólita.

Lo lindo es encontrar aquello que no abunda. Y les puedo asegurar que las casas en los árboles, de las que son habitables por adultos, no abundan. Hace unos años hice una nota sobre construcciones sostenidas por árboles y encontré algunos pocos hoteles y casas particulares. En el mundo. Por eso, descubrir que cerquita de Buenos Aires, justamente en el Tigre, existe una casa construida en lo alto de unos árboles gigantes, fue genial. El dueño, Charlie, es un talentoso “hacedor” de casas, con un ojo notable para la estética y la elección de materiales de demolición, además de tener una gran creatividad para resolver cuestiones de diseño. Supongo que de otra manera hubiera sido imposible llevar adelante una obra de estas características.

Una sensación única

Es el sueño de todo niño. Y por qué no, de muchos adultos. Tree House Casuarina es una encantadora casita “colgada” de cuatro enormes casuarinas, en un barrio humilde del que no te das cuenta, aparentemente alejado de todo, pero que está a unos cinco minutos del centro comercial Nordelta, o sea, muy cerca de la “civilización”. La experiencia novedosa, excitante y divertida empieza ni bien te subís al ascensor abierto que recorre los diez metros de altura que la separan del piso. Y sigue una vez arriba, cuando abrís la puerta, entrás a un ambiente que parece un mueble y te enfrentás a la vista que se extiende por sobre las copas de los árboles. La casa no es grande, no lo puede ser, pero tiene todo lo que tiene que tener: en la planta baja una cocina con barra, un sillón que se transforma en cama, un pequeño baño y la terraza; y en el primer piso, el dormitorio con una cama de dos plazas. Lo mejor: si te toca un lindo día, sentarse en la terraza a observar bajo el sol todo lo que te rodea, y escuchar los pájaros cantar.

También podés bajar y caminar por un sendero privado que te lleva hasta el río Luján, ubicado a unos 200 metros. En esta época, cualquier caminata amerita hacerla despacio, observando y escuchando cada detalle de la naturaleza. Para lograr una verdadera desintoxicación urbana ( algo que acá está garantizado ) lo ideal es quedarse un fin de semana. Te puede pasar lo que nos pasó a nosotros: llegamos en un día diáfano, por la noche llovió con tormenta y al día siguiente volvió el día diáfano. Estar allá arriba es de por sí excitante. Imagínense con tormenta. La casita parecía un barco meciéndose en la amarra, al compás del viento. Fue realmente fantástico. El corolario de dos días destinados a recargar energía.

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