Existen muchas maneras de respetar el paisaje con la arquitectura. Convengamos que desde el momento mismo en que se considera incorporar una construcción a una geografía determinada, la intrusión se hace evidente. No hay manera de evitarla. Sí de hacerla menos contundente. En este caso, con una casa ubicada cerca de Auckland, Nueva Zelanda, no solo se propuso tomar la menor porción de suelo posible, si no que, además, se buscó la forma de que requiriera el menor mantenimiento posible, teniendo en cuenta el entorno tan expuesto a los elementos de la naturaleza.

La casa en diálogo con el entorno

El paisaje de la península Coromandel, en el norte de Nueva Zelanda y a 80 kilómetros de Auckland, muestra una postal tras otra. A pesar de la cercanía con la ciudad más grande del país, su geografía parece mantenerse inmaculada, como en la época en que el famoso capitán Cook desembarcó por primera vez en estas costas.

En ese contexto, arriba de una empinada pendiente, se levanta esta casa, propiedad de Ken Crosson, uno de los directores de la oficina neozelandesa Crosson Architects. Durante el período en que permanece “abandonada” en el medio del paisaje, se cierra a las fuerzas de la naturaleza, y se transforma en una especie de “container” inexpugnable, sin aberturas aparentes, una especie de caja hecha de madera en estado crudo. Esta solución se inspiró en una tradición constructiva neocelandesa de fin de siglo XIX utilizada en la ejecución de pequeñas represas. En esa época se usaban largos y gruesos tirantes verticales para sostener anchos tablones que contenían el agua de los ríos. La estructura y las uniones quedaban a la vista, y lo mismo ocurre en esta casa, en donde el sistema constructivo y las terminaciones se muestran descarnadas, sin artificios, con una honestidad brutal, de la misma manera que el paisaje circundante.

Las grandes aberturas centrales se abren en su totalidad y dejan que se cuele el paisaje. El interior y el exterior se funden en un solo “ambiente”, casi sin interrupción del mobiliario de tonos neutros.

Para abrir la casa y poder usarla, se acciona un simple dispositivo de sogas y poleas que permite descubrir las aberturas, puertas y ventanas. Grandes porciones de pared se abren como compuertas en la zona central y se transforman en decks, o sea, se transforman en plataformas que agrandan el piso de la casa hacia el exterior.  La casa muestra inmediatamente su permeabilidad visual en la zona del living-comedor, y su contacto con una vista espectacular que da al océano interminable. En contrapartida, la zona de dormitorios, en ambos extremos de la casa, se muestran más cerrados e íntimos. Adentro, se destaca una enorme chimenea que da calor durante la ocupación invernal y un artilugio llama la atención: el baño se extiende hacia afuera, de tal manera que el bañarse se convierte en una experiencia conectada a la naturaleza.

Nada perturba la vista espectacular que se pierde en el horizonte. La casa es como una caja de madera que enfatiza el azul circundante.

El mobiliario acompaña la austeridad general. De esta manera se logra el aprovechamiento total del paisaje, porque no es protagonista y, además, se adapta al concepto de una casa que debe ser cerrada y “abandonada” mientras no se habita. Hasta el último detalle debe ser capaz de soportar las inclemencias del tiempo.

Mientras la casa no se usa, se cierra como una caja inexpugnable. Para abrirla se usa un sistema de sogas y poleas que baja parte de sus paredes centrales, las cuales se transforman en plataformas hacia delante y hacia atrás.