Hace rato que quería ir al Palacio Barolo. En realidad ya lo había visitado, pero hace bastante tiempo. Un compañero de la facultad tenía una de las tantas oficinas que alberga este edificio emblemático de Buenos Aires y fui varias veces a terminar algún trabajo mientras estudiaba arquitectura en la UBA. Pero eso fue en una época en que la vorágine de mi vida no me permitió, o no quiso, que supiera más de su historia que, de hecho, es fascinante.

Un edificio sorprendente

Cuando llegué a la Avenida de Mayo al 1300, con mi bicicleta, en un día radiante y el cielo celeste, lo primero que hice fue elevar la mirada. Allí estaba el Palacio Barolo, con su fachada sobresaliendo del entorno circundante gracias a su particular estilo, tan ecléctico, y esa torre con tanto trabajo en la fachada. Parece salido de Ciudad Gótica. Pensar que entre 1923 ( fecha de su inauguración ) y 1935 ( fecha de la inauguración del edificio Kavanagh, ubicado frente a la Plaza San Martín, en Retiro) fue el edificio más alto de Buenos Aires y de Latinoamérica con sus 100 metros de altura.

Para entender el impacto que generó en su momento habría que situarse en la época. La avenida de Mayo, primera en su tipo en América Latina, había sido inaugurada en 1894 después de muchísimas controversias, ya que hubo que demoler una gran cantidad de construcciones de familias pudientes. Argentina era una nación pujante, que se iba situando entre los países más prósperos del planeta, no solo desde el punto de vista económico, si no también cultural. La capital debía mostrar esa situación y por eso se iba consolidando con postulados urbanos traídos de Francia y con una arquitectura impactante, en muchos casos, colosal. La arteria vial que hoy une el Congreso con la Casa Rosada debía estar flanqueada por fachadas que no superaran los 25 metros de altura. El Barolo tiene 100, cuatro veces más! Para alcanzar esa altura, además de una autorización especial del intendente del momento, fue construido en hormigón armado, toda una novedad. En ese entonces, por allí circulaban carruajes y los primeros automóviles. Imagínense el perfil de la avenida, con una altura uniforme y, de repente, una mole gigantesca, tapando el cielo. No es difícil de entender que mucha gente temiese que se cayese en cualquier momento.

Comenzar en el «Infierno»

Me anoté en un tour que comenzó a las 18.00 horas. La mejor manera de desentrañar los secretos que esconde este palacio. Además, después me di cuenta que había elegido un horario espectacular para hacerlo, porque pude ver un atardecer porteño de película desde la cima del edificio.

El recorrido comenzó en el Hall de acceso, con un relato sorprendente, casi de ciencia ficción, que cuenta sobre un proyecto delirante llevado a cabo por Luis Barolo, llegado al país en 1890, y el arquitecto Mario Palanti, a quien contrató para hacerlo realidad. Ambos, además de italianos y masones, eran grandes admiradores de Dante Alighieri, hasta el punto de, según dicen, haber hecho este edificio para albergar la tumba del poeta. Cierto o no, lo real es que en todo el desarrollo edilicio hay una enorme cantidad de alegorías asociadas a la Divina Comedia. Así como en la obra del Dante, el periplo empieza en el «Infierno», ubicado en la planta baja, en donde hay una serie de dragones ( de un lado con cuernos, del otro, sin ellos ), rosetones transparentes en el piso que pueden ser iluminados desde el subsuelo para asemejar fuego, nueve arcos, una gran altura y poca luz. Estar ahí inquieta, definitivamente, e intriga.

Camino hacia el «Paraíso»

El «Purgatorio» es el que sigue hacia arriba, desde el primer piso hasta el catorceavo. Subimos a uno de los seis ascensores que llegan hasta el piso 14. Nos bajamos en el cuarto, para ver el «Infierno» a través de una abertura circular enmarcada por unas barandas imponentes de mármol de Carrara. Las paredes blancas dan la sensación de estar más iluminadas y aparecen cubiertas con una delicada ornamentación ( que en realidad engaña, porque vista con más detenimiento, muestra las caras de dragones ).

La parte interesante y realmente insólita del periplo empezó después, cuando por una escalera ubicada en la torre, tuvimos que sortear los seis pisos que llegan hasta el nivel número 20 desde el 14. Allí nos esperaba el «Paraíso», con pequeños balcones semicirculares que se desprenden de la fachada circular y en donde cabe una sola persona. La vista es de 360º, cada balcón, una postal levemente distinta. Desde allí arriba, la vista de la ciudad de Buenos Aires es realmente alucinante.

Fue una verdadera sorpresa ver el Congreso y su plaza desde esta perspectiva y con el sol yéndose.

En el «Paraíso», un espacio circular de pocos metros cuadrados, angostas puertas dan a pequeños balcones en donde cabe una sola persona y desde los cuales la ciudad se despliega en una vista interminable, de una manera maravillosa.

El Barolo está a unas pocas cuadras del Congreso. Desde uno de sus pequeños balcones se ve en toda su magnificencia, al igual que el edificio de las dos cúpulas coloradas, llamado «La Inmobiliaria», e inaugurado en 1910.

La visita no termina en el piso 20. Sigue dos pisos más, hasta el Faro, la culminación del «Paraíso», al que se llega por una escalera muy angosta casi sin luz, por la que se sube con mucho cuidado para no golpearse la cabeza. Ni bien nos acercamos al destino, la luz comenzó a aparecer. No era para menos. Porque llegamos a un pequeño lugar que es puro vidrio, algo vertiginoso, como a mi me gusta, en donde un gran faro es el protagonista. Alguna vez pretendieron con él servir de guía a los barcos del puerto, pero que tuvo que ser desactivado porque provocaba todo lo contrario, debido a su gran distancia con respecto al puerto.

Como última anécdota, una curiosidad enorme: cada año, los primeros días de julio, a las 19.30, la constelación de la Cruz del Sur se  alinea a la perfección con el faro. La culminación perfecta para este edificio lleno de sorpresas y leyendas, que tan bien están plasmadas en un documental que vi después. Tan entusiasmada quedé con tantas historias y secretos. Lo interesante es que cabe una pregunta….¿cuánto más habrá todavía sin desentrañar? Nadie lo sabe con certeza.