Siempre me impresionó el edificio del Ex-Correo Central Argentino. Desde chica. Imposible que no me llamara la atención o que no me gustara. Está ubicado en un lugar estratégico, cerca de la Casa Rosada ( la casa de gobierno argentina ), en donde hay un nudo vial que deja un espacio urbano muy grande como para ver una de sus enormes fachadas bien de lejos. Su arquitectura es colosal, grandiosa, como correspondía a su jerarquía en la época. Argentina en ese momento estaba posicionándose entre los países más prósperos del mundo y la arquitectura pública debía estar a esa altura. La famosa década del ochenta ( del siglo XIX ) dejó una Buenos Aires espléndida y la sede central del correo ( que comenzó a ser esbozado en 1888 ) es uno de los tantos ejemplos que llegaron hasta nuestros días y que le dan a la ciudad ese aire afrancesado que tanto gusta a los que la visitan desde cualquier parte del planeta.

Después del abandono

Cuando la obra se terminó allá en 1928, en un predio que había sido ganado al río, las instalaciones que contenía este imponente edificio eran de avanzada. Se «procesaban» por día una enorme cantidad de cartas que iban y venían por un sistema que ocupaba cuatro pisos en la parte central, y que poseía una serie de tubos y cintas transportadoras por las cuales circulaba la correspondencia de manera automática.

El estilo arquitectónico elegido fue el neoclásico, la estética usada en las construcciones de esta categoría para demostrar prestigio y bonanza económica. El gran tamaño ( tiene una superficie de casi 90.000 m2 ) y ese aspecto señorial determinaron que se lo llamara Palacio de Correos. Del edificio, por fuera, me encanta la fachada que da al sur, esa que tantas veces vi desde la avenida Leandro Alem o desde la avenida Madero, tan imponente con sus enormes columnas coronadas por un techo truncado o mansarda ( hoy un mirador que se ilumina de noche gracias a haber cambiado el tejado original por uno transparente ). A medida que avanzó el tiempo, las instalaciones de esta enorme obra realizada bajo conceptos franceses fueron quedando obsoletas. En el año 2002 el correo se trasladó a otro lado y en 2009 solo una pequeña parte del palacio siguió en funcionamiento. El resto quedó abandonado. Imagínense verlo incólume, tan imponente en la ciudad y casi vacío. Era un misterio. Hasta el año 2015 en que fue inaugurado como centro cultural, después de haber sido parte de las obras para conmemorar el bicentenario de la independencia argentina. Algo similar a lo que ocurrió en Chile, en donde se hicieron una serie de obras con ese mismo objetivo.

Por eso, cuando decidí ir de paseo por la ciudad en modo ciclista urbano un fin de semana, sin rumbo fijo, y pasé por delante del centro cultural, el CCK,  cuando circulaba por la avenida Leandro Alem, no dudé en entrar. Y la verdad, fue fantástico. La maravillosa galería con sus arcos de medio punto que da a la calle Sarmiento no te prepara para la sensación que te invade ni bien traspones la puerta de entrada. Las palabras que se me ocurren pueden ser imponente, asombroso…El espacio que te recibe fue impecablemente restaurado. Mesones de madera, boisserie, lámparas, todo del edificio original, hoy con un nuevo uso pero que de todas maneras te lleva en la imaginación a lo que pudo haber sido ese ambiente un siglo atrás.

En el patio que conforma el hall central, tras el cual están las escaleras mecánicas y los ascensores, te recibe la «Esfera Azul», de Julio Le Parc, quien donó la obra en 2015 a partir de que una votación popular. Encandila con sus 3.000 piezas de acrílico azul sostenidas por tanzas transparentes que se mueven por el sutil vaivén de la atmósfera. Definitivamente, esta obra es una de las protagonistas del centro cultural, además de, por supuesto, el interior del edificio, lleno de detalles en sus paredes, puertas, patios, pisos, techos.

Aunque el protagonista principal, sin dudas, es el volumen que instalaron en el centro del edificio. Ya había escuchado hablar de la «Ballena Azul», que en realidad no es azul, es de color metálico, porque su revestimiento parece una gran malla. La verdad, me sorprendió. Cuando la vi desde el balcón del cuarto piso, y pude mirar tanto hacia arriba como hacia abajo, no pude dejar de decir «wow». Si….Adentro de ese cuerpo que parece tener una forma caprichosa hay una sala que, según me han dicho, tiene una de las mejores acústicas del mundo. A mi, como arquitecta, me pareció una solución impresionante desde el punto de vista arquitectónico e ingenieril. Todo el cuerpo central del edificio, de siete altísimos pisos, en donde estuvo la maquinaria por donde alguna vez circularon las cartas que debían ser enviadas a todas partes del país y del mundo, hoy alberga un cuerpo que parece flotar suspendido en ese gran espacio coronado por una enorme lámpara que ocupa toda la parte superior, y que cambia de color constantemente, agregando otra experiencia sensorial al solo hecho de estar ahí adentro. De hecho, sobre la «Ballena» hay una terraza, ubicada justo debajo de la lámpara. En el momento de mi visita estaba ocupada por una instalación artística que contemplaba reposaras en donde te podías sentar. Estuve un buen rato ahí, inundada de violetas, azules y lilas. Evidentemente el objetivo es que utilices todos tus sentidos en una visita. Y lo logran.

Yo hasta ahí había colmado mi capacidad de asombro. Hasta que me entero ( acuérdense que fui sin intensión de pasar por ahí y, por lo tanto, no había hecho la más mínima investigación del lugar ) que había una muestra del gran modisto francés Jean Paul Gaultier. El marco en el que fue puesta no podía ser mejor. La ex Sala de los Escudos, con sus techos altísimos, en donde esta instalación artística monocromática  que contempla obra de distintas épocas con un solo tema, hecha por Gaultier, se luce de una manera magistral. Está recién inaugurada, así que hay bastante tiempo para ir a visitarla. Se van a llevar más de una sorpresa…Bueno…les puedo adelantar que uno de los maniquíes representa al autor y…habla…

Mi recorrido siguió y terminó en los pisos superiores, el sexto y el séptimo, en donde me esperaba una muestra curada por el artista argentino de fama internacional, Guillermo Kuitca, con obra de artistas de distintas disciplinas. Eso me encantó. El arte como expresión creativa desde distintos ámbitos. Y lo que más me gustó fue justamente la puesta del mismo Kuitca en conjunto con el famoso cineasta David Lynch (quien incursiona en un sinnúmero de disciplinas artísticas)  y la genial cantante Patti Smith, cuya voz recitaba un poema de Lynch dentro de un espacio pintado con un mural rojo realizado por Kuitca, luz roja, y piezas diseñadas por Lynch iluminadas con luz blanca. De nuevo, experiencias sensoriales a full.

Así que ya saben. Porteños, argentinos, chilenos, extranjeros, dénse una vuelta por el CCK. Van a salir anonadados por la reforma del edificio, por lo que fue el edificio, que conserva una gran parte de su estructura original, y por la intervención que han hecho para transformarlo en un centro cultural de vanguardia.

Para más info sobre las muestras y actividades que se están dando o se van a dar, pueden central al sitio web del CCK, www.cck.gob.ar